PARTE 1
—¡Lárgate de aquí, Mariana! ¡Tú no eres nuestra sangre y no tienes ningún derecho a despedirte de mi madre!
Mi tía Patricia me gritó aquellas palabras frente a más de cuarenta personas, justo cuando estaban a punto de enterrar a mi abuela.
Era viernes. Una lluvia fina caía sobre el panteón de Cholula, Puebla. Yo llevaba un vestido negro, los zapatos empapados y un rebozo que había pertenecido a mi abuela Teresa.
Había llegado en transporte público porque nadie me avisó del funeral. Me enteré gracias a doña Julia, una vecina que me llamó a escondidas la noche anterior.
—Mijita, mañana a las once. Pero no digas que yo te conté.
Cuando llegué, mis dos tías estaban vigilando la entrada como si fueran las dueñas del panteón.
Patricia me cerró el paso.
—¿Qué haces aquí? Ya te sacamos de la casa. ¿Todavía quieres seguir aprovechándote?
—Solo quiero despedirme de mi abuela.
Mi otra tía, Lorena, soltó una carcajada.
—¿Tu abuela? No hagas el ridículo. Mi hermana Elena te recogió de una casa hogar. Ni siquiera eres de nuestra familia. Durante tres años viviste de la pensión de mamá. Ya fue suficiente.
Sentí que todos nos observaban.
Nadie intervino.
—Cambiamos las cerraduras —añadió Patricia—. Tus cosas están con la vecina. Y ni se te ocurra reclamar la casa. Esa propiedad nos pertenece a nosotras.
Tenía treinta y dos años, trabajaba como enfermera y llevaba diecisiete años llamando abuela a Teresa Morales.
Pero había algo que mis tías nunca me perdonaron: que ella me quisiera como a una nieta verdadera.
Mi madre adoptiva, Elena, era la menor de sus tres hijas. Me recibió cuando yo tenía cuatro años. Era maestra de música y nunca se casó.
Cuando cumplí quince, murió en un accidente automovilístico.
Aquella misma noche, Patricia y Lorena fueron a casa de la abuela.
Yo escuché desde mi habitación.
—Mamá, no puedes quedarte con una adolescente que ni siquiera es nuestra sangre —dijo Patricia—. Devuélvela a una institución. Bastante hizo Elena con mantenerla.
Mi abuela respondió con una serenidad que todavía recuerdo.
—Mi hija murió esta mañana y ustedes ya están repartiendo su casa y abandonando a su niña. Mariana se queda conmigo. Y quien vuelva a decir que ella no es nadie para mí, dejará de ser alguien para mí.
Desde entonces, mi abuela fue mi refugio.
Me ayudó a estudiar enfermería, me acompañó a mi graduación y me enseñó algo que repetía constantemente:
—La familia no es solamente la sangre, mija. Es quien se levanta de madrugada cuando estás enferma.
Durante años pensé que mis tías terminarían aceptándolo.
Me equivoqué.
Cuando mi abuela enfermó, su desprecio se convirtió en una obsesión por quedarse con la propiedad.
Y cuando murió, ni siquiera permitieron que permaneciera bajo su techo mientras llegaban los servicios funerarios.
Por eso, aquella mañana, decidí alejarme del panteón sin discutir.
Había caminado unos veinte pasos cuando escuché una voz detrás de mí.
—¿Señorita Mariana Morales?
Me volví.
Un hombre elegante, de cabello gris, sostenía un portafolio de cuero bajo la lluvia.
—Soy el licenciado Arturo Salcedo, notario de su abuela. Ella me dejó instrucciones muy precisas para este día.
Abrió su portafolio y sacó un sobre sellado.
—Me dijo que, si sus tías le impedían entrar, debía acompañarla hasta su ataúd y leer una carta frente a todos.
Me quedé paralizada.
¿Cómo podía mi abuela saber exactamente lo que ocurriría después de su muerte?
El notario me ofreció el brazo.
—Venga conmigo. Su abuela se preparó para este momento durante meses.
Y cuando regresamos a la entrada, Patricia vio el sobre y perdió completamente el color del rostro.
Todavía no sabía por qué.
Pero aquel hombre estaba a punto de pronunciar unas palabras que cambiarían nuestra familia para siempre.
PARTE 2
