Segunda parte de la historia… 👇
**secreto del vecino**
Ayer por la tarde, el límite de mi paciencia se desmoronó por completo. No fueron las hojas secas acumuladas tras una noche de viento, sino un gemido lastimero, agudo y constante que comenzó al amanecer y no dio tregua en todo el día. Era el perro de doña María. El animal jamás ladraba, pero ese llanto interrumpido solo por jadeos de angustia se me clavaba en los oídos, crispándome los nervios. Convencida de que la anciana simplemente ignoraba el sufrimiento de su mascota con la misma desidia con la que descuidaba su jardín, crucé el límite de nuestras propiedades decidida a plantarle cara de una vez por todas.
Caminé con pasos firmes sobre el colchón de hojas crujientes que devoraba su sendero. La fachada de su casa lucía más deteriorada de cerca; las persianas bajas acumulaban polvo y el porche, a diferencia del mío, parecía abandonado a su suerte. Toqué el timbre con fuerza, tres veces, sintiendo el pulso acelerado por la indignación que llevaba meses acumulando. Nadie respondió. El llanto del perro, un pequeño can de pelo enmarañado, se escuchó justo detrás de la madera de la puerta principal, acompañado por el rasguño desesperado de sus garras contra el marco.
—¡Doña María! —llamé en voz alta, golpeando los nudillos contra la madera—. ¡Doña María, soy su vecina! ¡Necesito que controle a su perro o tendré que llamar a las autoridades!