Sacrifiqué 3 años de mi vida creando ese robot, solo para que mi hermano lo estrellara contra la pared mientras mi padre le aplaudía. “Acéptalo, él es el verdadero talento de la familia”, me dijo mi papá. Asentí en silencio, recogí los cables sueltos del suelo y les señalé el pequeño disco duro parpadeando en mi mochila. Lo que ellos ignoraban era que la máquina ya había transmitido el código original, y lo que estaba por venir destruiría sus vidas por completo.

PARTE 1

Caí de rodillas, con el corazón latiendo en la garganta, cuando vi a mi propio hermano agarrar el proyecto en el que trabajé por tres años y estrellarlo con todas sus fuerzas contra el piso de concreto. Pedazos de plástico, cables sueltos y tarjetas de circuitos que me costaron cientos de horas de insomnio quedaron esparcidos a mis pies.

—A ver, gana ahora, hermanita —se burló Lalo, soltando una carcajada que me heló la sangre.

Levanté la vista hacia mi papá, con los ojos llenos de lágrimas, esperando que hiciera algo, que le gritara, que me defendiera. Pero él solo se cruzó de brazos, soltó un suspiro de fastidio y me dijo la frase que me rompería por dentro: “Ya, Valeria, no hagas un drama. Es solo un juguete”.

Mi presentación, la que definiría mi futuro académico y profesional, empezaba en menos de diez minutos. Con las manos temblando, me acerqué para recoger el brazo robótico destrozado, y fue entonces cuando vi de reojo la pantalla de mi laptop en la mesa. Un pequeño aviso verde brillaba en la esquina inferior derecha: Archivo enviado exitosamente.

Tragué saliva, levanté la mirada hacia mi hermano y le pregunté con la voz rota:

—¿Te diste cuenta de lo que mi computadora acaba de enviar antes de que rompieras esto?

La sonrisa de Lalo desapareció de golpe. Su rostro palideció y, en un movimiento desesperado, se abalanzó sobre la mesa para intentar arrebatarme la laptop.

Mi nombre es Valeria. Tengo 24 años, estoy en mi último semestre de Ingeniería Mecatrónica aquí en Monterrey, y para pagar mis estudios y mis materiales, trabajo de noche acomodando mercancía en un supermercado. La mayoría de los días llego a mi cuarto rentado oliendo a cartón húmedo y a fruta echada a perder, caliento lo que sea que encuentre en el refri, y me siento frente a una mesa plegable que apenas cabe entre mi cama y la pared. Ahí, en ese rincón minúsculo, fue donde construí mi robot.

La ironía de todo esto es que Lalo, mi hermano mayor, fue la razón por la que me enamoré de la ingeniería. Cuando yo tenía 12 años, él me enseñó a soldar un cable suelto en un radio viejo de mi abuelo. Aún recuerdo con cuánto cuidado guiaba mi mano. Por eso, cuando empezó a preguntarme sobre mi proyecto para la universidad, no dudé en enseñarle cada detalle. Mi papá siempre decía, inflando el pecho de orgullo, que Lalo era “el ingeniero de la familia, el que iba a llegar lejos”. Yo, en el fondo, pensaba que si ganaba esta exhibición, mi papá por fin diría lo mismo de mí.

Pero la verdad es que yo no empecé a construir este robot para impresionarlos a ellos. Lo hice por mi abuela Carmelita y por una funda de lentes que encontré tirada junto a su sillón hace tres años. Ese día, ella llevaba horas esperando a que alguien llegara a su casa para recogérsela.

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—Abuelita, ¿por qué no me marcaste? —le pregunté aquella vez, poniéndole los lentes en las manos.

—Estabas en tu chamba, mija —me contestó. Vi las marcas rojas y la inflamación en sus nudillos. Su artritis había empeorado drásticamente, aunque ella, como buena abuela mexicana, nunca se quejaba para no ser una carga.

—Hubiera venido, abuela. Sabes que siempre vengo.

Ella acarició la funda con su pulgar y me miró con una ternura que me partió el alma.

—Por eso no te hablé, mi niña. Porque tú siempre vienes. Y ya haces demasiado.

Esa frase se me quedó clavada en el pecho. Esa misma noche decidí construir algo lo suficientemente compacto para caber junto a su mecedora, con un brazo mecánico suave que pudiera recoger las cosas que se le caían. Nada sacado de una película de ciencia ficción, solo algo que le devolviera su independencia: levantar sus lentes, el control de la tele, su frasco de pastillas. Pensé que me tomaría unos seis meses terminarlo. Me tomó tres años de sangre, sudor y lágrimas.

Gasté más de sesenta mil pesos en piezas, dinero que gané cargando cajas bajo las luces blancas y deprimentes de la tienda. Compré motores de segunda mano en el centro, devolví unos tenis que realmente necesitaba para pagar una placa, y una vez trabajé nueve noches seguidas haciendo inventario solo para reponer un microcontrolador que quemé por accidente. Mi papá alguna vez vio la caja de cartón llena de cables en mi cama y me dijo con tono de reproche: “¿Todavía sigues gastando tu lana en esa chingadera?”. Yo solo cerré la caja y le respondí que sí.

Mi primera versión del brazo mecánico terminó aplastando y destrozando una caja vacía de paracetamol. Guardé esa caja aplastada junto a mi laptop como un recordatorio mientras ajustaba los sensores de presión, línea por línea de código. Seis fines de semana después, el robot podía levantarla sin dejarle un solo rasguño. Cuando por fin lo probé en casa de mi abuela, ella a propósito tiró sus lentes al piso. Contuve la respiración mientras las rueditas giraban, el brazo bajaba con precisión y las pinzas se cerraban. Se los entregó directamente en la mano. Mi abuela soltó una carcajada de pura felicidad y me pidió que lo hiciéramos otra vez.

Esa misma noche, llena de orgullo, le mandé el video a Lalo por WhatsApp. Cuando me ofreció revisar mi código “para darme retroalimentación de experto”, me sentí tan agradecida. Le di acceso a mis carpetas de desarrollo en la nube. Él sabía la contraseña de mi laptop. A veces, cuando iba a la casa a visitarnos, me pedía prestada la computadora para “revisar unas cosas del trabajo”. Yo nunca me quedé parada detrás de él viendo qué hacía. Confiaba ciegamente en mi sangre.

Meses después, lo ayudé a redactar su solicitud para entrar a la Exposición Regional de Robótica. Me dijo que iba a presentar un prototipo de clasificación para almacenes. Cuando a mí me llegó el correo de que también había sido aceptada para exponer mi robot, llamé a mi papá llorando de emoción.

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—¿Y Lalo también quedó? —fue lo primero que me preguntó.

—Sí, papá —le contesté, tragándome el nudo en la garganta.

—Ah, qué bueno. Así se van juntos y él te cuida.

Me quedé mirando el correo de aceptación en la pantalla y me convencí a mí misma de que mi papá entendería mi esfuerzo cuando viera mi robot funcionando frente a los jueces. Pero lo que no sabía, era que mi propio hermano estaba a punto de destruir mi vida, y que mi padre sería su cómplice. El día del evento, la tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo, y no van a creer de lo que este infeliz era capaz de hacer para robarse mi futuro.

PARTE 2

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