PARTE 1
—Tu esposo no está trabajando, señora Valeria. Lo vi entrar al departamento de otra mujer hace menos de una hora.
Lucía, la mujer que llevaba seis años ayudándonos en casa, pronunció esas palabras la tarde del 31 de diciembre mientras yo estaba sentada frente al árbol de Navidad de nuestra residencia en Bosques de las Lomas.
Alejandro me había llamado a las tres.
—No me esperes despierta, amor. Cerramos el año y tengo una reunión interminable con los socios.
Llevábamos ocho años juntos y cinco casados. Durante los últimos meses llegaba tarde, escondía el celular y olvidaba hasta las cosas más simples, pero cada vez que yo preguntaba, me abrazaba.
—Vale, estás imaginando cosas. Tú eres mi familia.
Lucía tragó saliva antes de continuar.
—Lo vi en Santa Fe. Estacionó frente a una torre residencial. Iba con una muchacha joven, de vestido rojo. Él le abrió la puerta del coche.
No necesité preguntar quién era.
Camila Torres, veinticuatro años, asistente ejecutiva de Robles Capital.
Pedí un taxi y fui hasta el edificio. No subí. Me quedé cuarenta minutos dentro del auto mirando una ventana del quinto piso que reconocí por las fotografías de Camila en redes sociales.
Llamé a Alejandro.
Tardó en contestar.
—Vale, estoy reunido. Te marco después.
Entonces escuché una risa femenina detrás de él.
—Claro —respondí.
Y colgué.
No lloré.
Regresé a casa y llamé a Rafael Medina, el abogado con quien tres meses antes había hablado en secreto porque mi intuición llevaba demasiado tiempo gritándome que algo estaba mal.
Luego miré a Lucía.
—Necesito que mañana temprano cambien todas las cerraduras y los códigos de acceso.
—¿Todos?
—Todos.
Subí a nuestro dormitorio, saqué una maleta y guardé únicamente ropa, documentos y algunas fotografías de mis padres.
Yo había abandonado una carrera prometedora como diseñadora de interiores en Guadalajara para ayudar a Alejandro cuando su empresa apenas era una oficina rentada con cuatro empleados. Lo acompañé a cenas, conseguí clientes, diseñé sus primeras oficinas y estuve a su lado cuando contar monedas era necesario para pagar la renta.
Ahora él era millonario.
Y estaba celebrando Año Nuevo en la cama de su secretaria.
A las cuatro de la mañana llegó el técnico. Antes del amanecer, la huella digital de Alejandro había sido eliminada de la puerta principal, del garaje y de la entrada trasera.
Yo ya iba rumbo al aeropuerto.
Le escribí a Rafael:
“Hoy mismo inicio el divorcio. Revisa todo: propiedades, cuentas, acciones y movimientos de la empresa. No quiero quitarle nada que no me corresponda, pero tampoco pienso regalarle un solo peso.”
A las seis y veinte de la mañana, Alejandro regresó sonriendo.
Puso el dedo en el lector.
ACCESO DENEGADO.
Lo intentó otra vez.
Nada.
Me llamó trece veces.
Yo estaba sentada en el avión rumbo a Guadalajara cuando retiré mi anillo de bodas y lo guardé en el fondo de mi bolso.
Alejandro todavía creía que el peor problema de aquella mañana era no poder entrar a su propia casa.
No tenía idea de que, mientras él golpeaba furioso aquella puerta, mi abogado acababa de encontrar algo muchísimo peor que una amante.
Y nadie habría podido creer lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
