La noche en que una estudiante pobre aceptó el trato de su jefe y despertó atrapada en un escándalo imposible.

Cerró la puerta con llave, y ese pequeño sonido hizo que a Maya se le helara la sangre en las venas.

—No voy a tocarte —dijo Víctor, alzando ambas manos—. No te llamé hoy para pedirte nada. Te llamé porque encontré algo peor.

Maya apretó la correa de su bolso, preparada para correr, gritar o romperse allí mismo si él daba un paso más.

“Si esto es otro trato, señor Sloan, prefiero perder mi trabajo antes que volver a escucharlo.”

Víctor bajó la mirada y, por primera vez desde que ella lo conocía, parecía más un hombre que una estatua.

«No merecen que me crean», dijo. Pero su hermano no tuvo ningún accidente. Mi empresa estuvo involucrada.

Maya tardó varios segundos en comprender la frase. Cuando lo hizo, sintió como si el suelo se doblegara bajo sus zapatos desgastados.

“¿Qué dijo?”

Víctor cogió una tableta de su escritorio y la dejó delante de ella, como si le estuviera entregando una pistola cargada.

Un camión de Sloan & Associates cruzó la línea roja. El informe interno fue alterado antes de llegar a la policía.

Maya miró la pantalla. Allí estaba la motocicleta de Daniel, pequeña, indefensa, engullida por las luces blancas de un camión negro.

La imagen no mostraba sangre ni gritos, pero Maya sintió que todo su cuerpo volvía a recordar el hospital.

—No —susurró ella. Los médicos dijeron que era un conductor desconocido. La policía dijo que no había cámaras.

Víctor no apartó la vista de ella. —La policía recibió una copia editada. Yo recibí el original anoche.

Maya dio un paso atrás, con una risa entrecortada que escapó de sus labios, porque el horror a veces se disfraza de incredulidad.

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