Salí de la clínica sin mi bebé y tomé un vuelo esa misma noche, convencida de que ya no tenía nada que regresar a buscar. Entonces mi esposo me mandó 52 pesos y escribió: “Esto debería bastar”. Guardé silencio y conservé la transferencia. Minutos después empezó a llamarme desesperado, porque en el hospital acababan de explicarle por qué aquellos 52 pesos podían costarle mucho más de lo que imaginaba.

PARTE 1

—Tu hermana no se murió por mi culpa. Y, para que dejes de hacer drama, te mandé 52 pesos de compensación.

Leí ese mensaje sentada junto a la ventanilla de un avión que estaba a punto de despegar del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Acababa de salir de una clínica.

Mi vientre estaba vacío.

Mi hermana mayor llevaba menos de veinticuatro horas muerta.

Y mi esposo, Alejandro Salgado, uno de esos empresarios que podían gastar medio millón de pesos en una cena sin mirar la cuenta, acababa de enviarme 52 pesos.

Debajo de la transferencia escribió:

“Patricia olvidó autorizar el pago del hospital. Ya hablé con ella.”

Después añadió:

“Pero tú también provocaste esto. A partir de ahora, cualquier gasto superior a cinco mil pesos tendrá que aprobarlo Patricia primero.”

Patricia Robles era su asistente ejecutiva.

La mujer que contestaba sus llamadas.

La que decidía cuándo yo podía hablar con mi propio marido.

La que durante años entró a nuestra casa sin tocar, escogió sus vuelos, sus restaurantes, sus regalos corporativos y hasta las medicinas que Alejandro llevaba en el portafolio.

Miré los 52 pesos.

Ni siquiera alcanzaban para un café y un sándwich en el aeropuerto.

Mi teléfono volvió a vibrar.

“¿Por qué no contestas?”

“Regresa a la casa.”

“Mi abuelo ya sabe del embarazo.”

“Daniela, deja de comportarte como una niña.”

Apreté el teléfono.

Todavía no sabía que el hijo que tanto le preocupaba ya tampoco existía.

Tres años antes me había casado con Alejandro por una razón que me avergonzaba reconocer.

Mi hermana Lucía padecía ELA.

Nuestros padres murieron cuando yo era adolescente y fue ella quien me crió. Trabajó de mesera, vendió ropa por catálogo y dejó la universidad para pagar la mía.

Cuando enfermó, los tratamientos, enfermeras y aparatos respiratorios se tragaron todo lo que teníamos.

Entonces apareció Alejandro.

Era cliente de la pequeña agencia donde yo trabajaba.

Una tarde me encontró llorando en el estacionamiento después de recibir otra cuenta imposible.

No me abrazó.

Solo preguntó:

—¿Cuánto necesitas?

Pagó la deuda esa misma noche.

Una semana después me propuso un matrimonio de conveniencia.

—Mi familia quiere que siente cabeza. Tú necesitas estabilidad para tu hermana. Yo cubriré sus gastos médicos mientras estemos casados.

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