PARTE 2: Al amanecer, la historia ya tenía sentencia en internet:
“Padre soltero abandona a su hija enferma durante cuatro días.”
Compartieron fotos borrosas de la casa, de la ambulancia y hasta del peluche de Lucía tirado en una camilla. Miles de personas insultaban a Diego Morales sin saber quién era, qué había pasado ni por qué su hija seguía preguntando por él.
En el Hospital Infantil de La Villa, Lucía despertó abrazando a Pancho. La enfermera Marisol le acomodó la cobija.
—Ya estás segura, mi amor.
Lucía miró hacia la puerta.
—¿Ya vino mi papá?
Marisol dudó.
—Lo están buscando.
Un rato después entró la doctora Cárdenas con el expediente en la mano. Junto a ella estaban la oficial Elena y Mariana Salgado, trabajadora social.
—Diego me llamó hace tres días —dijo la doctora—. Estaba desesperado. Lucía llevaba semanas con dolor abdominal. Él quería hacerle estudios, pero el seguro no le cubría todo.
—¿Desesperado cómo? —preguntó Mariana.
—Dijo que vendería su moto si hacía falta. Me suplicó que no dejáramos pasar más tiempo.
Elena frunció el ceño.
—Eso no suena como alguien que abandona a su hija.
—No —respondió la doctora—. Suena como un padre aterrado.
Mariana revisó la sudadera de Lucía para guardarla en una bolsa limpia. En el bolsillo encontró un recibo doblado de una farmacia. Atrás, escrito con pluma azul, había una frase apresurada:
“Llamar a Cárdenas. No esperar.”
Mientras tanto, Elena y Mariana volvieron a la casa. En la recámara de Diego encontraron su cartera sobre el buró, las llaves junto a una foto de Lucía vestida de adelita en un festival escolar y varios recibos de préstamos pequeños.
En el calendario de la cocina había notas escritas con letra cansada:
“Doble turno.”
“Cita de Lucía.”
“Comprar medicamento.”
“Pagar luz.”
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