El sonido fue leve, pero suficiente para congelar la sangre de Aurelia, que sostuvo el auricular con dedos rígidos mientras intentaba no respirar demasiado fuerte.
—Emergencias, ¿cuál es su situación? —preguntó una voz al otro lado, ajena al temblor que crecía dentro de la casa.
Aurelia abrió la boca, pero dudó, porque cualquier palabra podía convertirse en una condena si Rodrigo estaba escuchando desde arriba.
Miró a Renata, que la observaba sin parpadear, como si entendiera perfectamente que el peligro no había terminado, solo había cambiado de forma.

—Hay… hay una niña —susurró finalmente—. La creían muerta, pero está viva. Necesito ayuda. Por favor, rápido.
El operador comenzó a hacer preguntas, pero Aurelia apenas podía concentrarse, porque otro crujido resonó, esta vez más cercano, más decidido.
Alguien estaba bajando las escaleras.
Renata se aferró a su suéter con más fuerza, hundiendo los dedos en la tela como si pudiera desaparecer dentro de ella.
Aurelia colgó el teléfono sin despedirse, entendiendo que hablar más sería un riesgo que no podían permitirse en ese momento.