Cada mañana, en cuanto abría la carnicería del barrio, una anciana llamada Lidia entraba corriendo y pedía lo mismo: sesenta kilos de carne de vacuno. Ovidiu, el carnicero, la conocía desde hacía años; Era una mujer modesta que solo compraba pequeñas cantidades para su propio consumo. Verla ahora contando billetes arrugados con una mano temblorosa y cargando sacos pesados le dejó perplejo.
La primera vez, Lidia explicó que su hijo había venido a visitarla y estaba preparando una gran comida familiar. Ovidiu aceptó, pero esa tarde recibió una noticia que le heló hasta los huesos: el hijo de Lidia había muerto años atrás. ¿Para quién era toda esa carne?
Su comportamiento se volvía cada vez más extraño.
Al día siguiente, la anciana volvió y volvió a pedir sesenta kilos. Luego al día siguiente. Y al día siguiente. Evitó toda conversación, rechazó toda ayuda y miró por encima del hombro antes de salir de la tienda, como si temiera que la siguieran. Ovidiu decidió averiguar qué estaba pasando y, una mañana, la siguió a distancia.
Lidia cargó los paquetes en un viejo carro y se dirigió hacia los edificios industriales abandonados en las afueras del pueblo. Pasó por puertas oxidadas y desapareció dentro. Casi una hora después, salió con el carro completamente vacío.
Esa misma noche, el carnicero la vio de nuevo, esta vez cerca de los contenedores de reciclaje. La anciana recogía cartón, botellas y chatarra, guardando cuidadosamente las monedas que lograba reunir. Sin embargo, a la mañana siguiente, volvió con el mismo enorme pedido de carne.
Rumores y quejas: