PARTE 1
—Cásate conmigo antes de que me muera.
Eso fue lo primero que dijo doña Elvira aquella tarde, con la voz quebrada y los ojos más firmes que nunca, mientras el monitor del hospital marcaba su respiración lenta, cansada, casi prestada.
Nadie en la habitación supo qué contestar.
Mateo se quedó inmóvil junto a la cama, con el uniforme azul del asilo todavía manchado de cloro y café. Tenía 34 años, trabajaba como auxiliar en una casa de descanso en las afueras de Querétaro y jamás imaginó que una mujer de 82 años, a la que le llevaba té de manzanilla todas las noches, le pediría algo así.
Doña Elvira Reyes era difícil. Todos en el asilo lo sabían.
No le gustaba la sopa tibia, regañaba a las enfermeras si le hablaban como niña, corregía la ortografía de los avisos pegados en la pared y decía que los hijos malagradecidos eran peor que la humedad: se metían en las paredes y destruían todo en silencio.
Pero con Mateo era distinta.
Al principio solo lo llamaba para que le acomodara la almohada o le acercara su rebozo gris. Después empezó a esperarlo junto a la ventana, como si su turno fuera lo único importante del día.
—Llegas 6 minutos tarde, joven —le decía, mirando el reloj.
—Pero le traje su pan dulce favorito.
Eso no compra mi perdón, pero ayuda.
Mateo se reía. Ella también, aunque fingía enojo.
En el asilo casi todos tenían visitas. Hijos que llegaban apurados los domingos, nietos con celulares en la mano, sobrinas que preguntaban por medicamentos antes de dar un abrazo.
Doña Elvira no recibía a nadie.
Ni en Navidad. Ni en su cumpleaños. Ni cuando estuvo internada por neumonía.
Solo tenía una bolsa vieja de hospital, azul deslavada, con el cierre oxidado y una etiqueta medio rota donde apenas se leía su nombre. La llevaba a todas partes. Dormía con ella bajo el brazo. Comía con ella junto a la silla. Si alguien intentaba moverla, aunque fuera para limpiar, doña Elvira estiraba la mano de inmediato.
—Esa bolsa no se toca.
Una vez, una enfermera nueva quiso guardarla en el clóset.
Doña Elvira gritó tanto que el médico tuvo que entrar.
—¡Ni mis hermanos pudieron quitármela, y no vas a ser tú!
Todos pensaron que era una obsesión de anciana.
Mateo no.
Él había visto miedo en sus ojos.
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