PARTE 2
Alejandro se quedó paralizado.
La voz de Marisol le cayó encima como un balde de agua helada.
Camila no lo había visto todavía. Estaba guardando unas charolas, con la espalda cansada y una mano apoyada sobre el vientre, como si protegiera con su propio cuerpo lo único que le quedaba.
Marisol estaba frente a ella con lentes oscuros, bolsa cara y una sonrisa venenosa.
—Mi mamá ya habló con un abogado —dijo—. Si sigues usando el apellido Salcedo para dar lástima, te vamos a demandar.
Camila levantó la cara.
—Yo no estoy usando nada. Solo estoy trabajando.
—Trabajando, ajá. Qué casualidad que apareces embarazada cuando mi hermano ya no está para defenderse.
Camila respiró hondo.
No gritó. No insultó.
Advertisement
Pero su voz salió rota.
—Tu hermano sí está aquí. En cada uno de mis hijos.
Alejandro sintió que las rodillas le fallaban.
Javier quiso acercarse, pero él lo detuvo con la mano.
—Espera —susurró—. Quiero escuchar todo.
Marisol soltó una risa seca.
—Neta qué descaro, Camila. 9 años sin poder embarazarte y justo cuando Alejandro se muere, sales con esto. ¿De quién son? ¿Del panadero? ¿De algún cliente que te tuvo lástima?
Varias personas del mercado voltearon.
Una señora mayor que compraba café se persignó. Un muchacho dejó de grabar un video de tacos y empezó a apuntar su celular hacia ellas.
Camila bajó la mirada, humillada, pero no se quebró.
—Son de Alejandro. Y aunque ustedes no lo quieran aceptar, él los habría amado.
—Él te habría corrido —escupió Marisol—. Igual que mi mamá.
Ahí Alejandro ya no pudo más.
Caminó hacia ellas.
Marisol lo vio primero. Se quedó blanca, como si hubiera visto un muerto saliendo de una tumba.
—Ale… Alejandro…
Camila se giró despacio.
La charola que tenía en la mano cayó al piso.
El ruido metálico hizo que todo el mercado se quedara en silencio.
—No puede ser —dijo ella, llevándose una mano a la boca.
Advertisement
Alejandro estaba frente a ella, más flaco, con cicatrices discretas en la mejilla y los ojos llenos de lágrimas.
—Camila…
Ella dio un paso atrás.
No porque no quisiera tocarlo.
Sino porque el dolor, la rabia y el amor llegaron juntos, como un golpe.
—Tú estabas muerto.
—Eso dijeron.
—Yo te esperé —sollozó ella—. Te busqué. Fui al hospital, llamé a todos lados. Tu mamá me quitó todo. Me sacaron de mi casa como si fuera basura.
Alejandro volteó hacia Marisol.
Su hermana intentó recomponerse.
—Hermano, escúchame. Nosotros solo queríamos protegerte. Ella…
—Cállate.
La palabra salió baja, pero pesó más que un grito.
Marisol abrió la boca, indignada.