PARTE 1
Alejandro Montero debía quedarse en Europa por 3 semanas más, cerrando el trato más grande en la historia de su imperio hotelero. Era el negocio de su vida, la cima de su carrera. Sin embargo, algo pesado le oprimía el pecho desde hacía días. Era una incomodidad sorda, un nudo en la garganta, como una mano invisible apretándole el corazón cada vez que pensaba en su familia y en su casa.
Sin avisarle a nadie, canceló sus reuniones con los inversionistas, hizo sus maletas de prisa y tomó el primer vuelo de regreso a la Ciudad de México. Quería sorprender a Rebeca, su esposa, y demostrarle que el hombre del que se enamoró seguía ahí. Quería abrazar a Victoria, su única hija, y prometerle neta que esta vez estaría presente para ella.
Nadie lo esperaba en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. No pidió a su chofer privado ni a su equipo de seguridad. Quería llegar a su casa como lo hacían los hombres buenos en las películas de antes. Le pidió a un taxista cualquiera que se desviara hacia Presidente Masaryk y compró un enorme ramo de rosas rosadas y blancas. Eran las mismas flores que le dio a Rebeca cuando le pidió matrimonio.
Mientras el taxi avanzaba por el tráfico de Periférico hacia su mansión en Lomas de Chapultepec, Alejandro miró por la ventana, reflexionando. Pensó en cómo todo se había ido rompiendo sin que él se diera cuenta. Las cenas frías, los “todo bien, pa” tan vacíos de Victoria por teléfono. Los sonrisas fingidas de su esposa en las fiestas de la alta sociedad, que desaparecían en cuanto se cerraba la puerta.
Cuando el taxi se detuvo a 1 cuadra del enorme portón de hierro de su casa, notó algo completamente inesperado. Todas las luces de la mansión estaban encendidas. Había una fila de autos de lujo estacionados en la entrada, valet parking corriendo, y una música elegante flotaba en el aire frío de la noche. Se escuchaban risas, el tintineo de copas de cristal. Era un reventón, una fiesta de la que nadie le había avisado.
“Déjeme aquí, joven, quédese con el cambio”, le dijo al chofer. Tomó su maleta, apretó el ramo de rosas y caminó hacia la puerta de servicio por el callejón trasero. Quería entrar sin ser anunciado, quería ver con sus propios ojos qué estaba pasando en su propia casa a sus espaldas. El aire olía a los jazmines del jardín y a algo más, algo denso, como un secreto a punto de pudrirse.
Abrió la puerta de servicio con su llave y caminó por el pasillo oscuro que conectaba la cocina con el salón principal. Se sentía como un extraño, un intruso en su propio hogar. Y entonces apareció ella. María, la muchacha que llevaba años limpiando cada rincón de esa enorme casa. Venía cargando una charola de plata con copas vacías, y al verlo parado en las sombras, se quedó congelada como si viera a un fantasma.
La charola tembló en sus manos. Una copa resbaló y se hizo pedazos contra el piso de mármol. Alejandro abrió la boca para calmarla y decirle que no pasaba nada, pero María reaccionó con una rapidez aterradora. Dejó la charola en una mesa, dio 3 pasos rápidos hacia él y le tapó la boca con su mano temblorosa. “¡Silencio, señor!”, susurró, con los ojos llenos de un pánico absoluto que él jamás había visto.
“Por el amor de Dios, no hable, no haga ni un solo ruido”, le rogó. En todos los años que llevaba trabajando para la familia, María jamás lo había tocado ni le había hablado con esa urgencia. “Señor, venga conmigo ahora mismo antes de que sea demasiado tarde. Tiene que ver esto con sus propios ojos. Si se lo cuento, no me lo va a creer”. Una sensación helada le recorrió la espalda a Alejandro, haciéndole saber que algo inimaginable estaba a punto de estallar.
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