EL DÍA QUE MI MARIDO DESCUBRIÓ QUE ERA HEREDERO DE UNA FORTUNA, ME CAMBIÓ POR SU PROMETIDA… Y YO LE PEDÍ OTRO HOMBRE

PARTE 2

EL HOMBRE QUE NO TENÍA MIEDO

El matón dejó caer el hacha.

El golpe contra el suelo resonó en todo el patio.

—Señor… debe de haber un malentendido —balbuceó.

Lucas guardó el teléfono.

—¿Un malentendido? Han entrado en una propiedad privada, han destrozado muebles y han agredido a su dueña. Explícame qué parte es un malentendido.

El hombre tragó saliva.

—Solo cumplimos órdenes del señor Reed.

—Entonces será mejor que lo llames.

Yo seguía mirando la mesa partida.

Ethan la había construido durante nuestro primer invierno juntos. Una de las patas había quedado ligeramente torcida y él prometió arreglarla cuando terminara la cosecha.

Nunca lo hizo.

Me arrodillé para recoger los pedazos.

Lucas se acercó.

—Lily, deja eso. Astillas de heno.

—Puedo hacerlo.

-Perder.

Se agachó a mi lado.

—Pero no tienes que hacerlo todo sola.

Aquellas palabras me hicieron apretar los dientes.

Ethan había dicho exactamente lo mismo.

Y acababa de marcharse.

Antes de que pudiera responder, tres autos negros se detuvieron frente a la entrada.

Del primero bajó el mayordomo que había venido a recoger a mi marido.

—¡¿Qué está pasando aquí?! —exclamó.

El jefe de los hombres corrió hacia él.

—Señor Carter, estábamos buscando el pendiente de la señorita Cole…

El mayordomo contempló el desastre.

Su rostro se duró.

— ¿Quién les autorizó a destruir la vivienda?

—Nos dijeron que buscáramos por todas partes.

—¡Buscar no significa destruir!

Yo me levanté despacio.

—Señor Carter, ¿cuánto vale ese pendiente?

El hombre se volvió hacia mí.

—Es una pieza muy costosa, señorita Lily.

—¿Más que tres años de mi vida?

Nadie contestó.

Saqué del bolsillo del delantal un pequeño pañuelo.

Dentro brillaba un pendiente de diamantes.

—Grace lo perdió ayer, cerca del camino que conduce a los arrozales. Lo reconocí porque pensé que vendrían a buscarlo.

El jefe de los hombres abrió muchos los ojos.

—¡¿Lo tenías todo este tiempo?! ¡¿Por qué no lo dijiste?!

Lo miré fijamente.

—Lo dije cuando llegaron. Antes de que rompieran la primera silla.

El silencio fue absoluto.

El señor Carter bajó la cabeza.

—Lamento profundamente lo sucedido. La familia Reed pagará diez veces el valor de los daños.

—No quiero diez veces su valor.

Miré la mesa destruida.

—Quiero que reparen mi casa. Que devuelvan cada herramienta que han tirado y que sustituyan los muebles que han roto.

—Por supuesto.

—Y quiero que esos hombres se disculpen delante de los vecinos que los vieron entrar.

El jefe abrió la boca para protestar.

Pero Lucas dio un paso adelante.

—Creo que la señorita ha sido muy razonable.

El señor Carter lo miró.

Por primera vez desde su llegada, el mayordomo parecía verdaderamente desconcertado.

—Señor Stone…

Lucas levantó ligeramente la mano.

—Ahora no.

El mayordomo llamó inmediatamente.

Yo los observé.

Algo no encajaba.

El hombre que había aparecido anoche para segar arroz acababa de silenciar con dos palabras al mayordomo de una familia millonaria.

Y nadie parecía encontrar extraño.

2. UN TRABAJADOR DEMASIADO EDUCADO
Aquella tarde, la casa comenzó a llenarse de carpinteros y trabajadores.

El señor Carter cumplió su promesa. Incluso llevó una mesa nueva.

La rechacé.

—Quiero que reparen la antigua.

El carpintero examinaba las tablas.

—Será difícil, señorita.

—Entonces hágalo lo mejor que pueda.

Lucas permaneció junto a mí hasta que terminaron.

Cuando por fin nos quedemos solos, sirva dos platos de arroz con verduras.

—No tengo carne —advertí.

—Me encanta el arroz.

—Ayer también dijiste que te encantaba cortar arroz.

—Estoy descubriendo nuevas aficiones.

Lo miré con sospecha.

—¿Quién eres realmente?

Lucas dejó los palillos.

—Lucas Stone.

—Eso ya lo sé.

—Tengo treinta años. Sé tractores, reparar motores y conducir una tortilla bastante decente.

—No te he preguntado eso.

Sonrió ligeramente.

—¿Qué quieres saber?

—Por qué el mayordomo de Ethan te trata como si fueras su jefe.

Su sonrisa desapareció.

Durante unos segundos solo se oyó el crujido de la leña.

—Porque me conoce de antes.

—¿Eres amigo de Ethan?

—Fuimos compañeros de universidad.

Sentí un pinchazo desagradable.

—Entonces te ha enviado para vigilarme.

Que te guste

SU PADRE MILLONARIO LE DEJÓ SOLO UN CAÑÓN SIN VALOR… HASTA QUE DESCUBRIÓ UNA CASA OCULTA EN LA ROCA Y UN SECRETO POR EL QUE ESTABAN DISPUESTOS A MATARLA

ME DEJÓ PLANTADA EL DÍA DE NUESTRA BODA… Y TREINTA MINUTOS DESPUÉS ME CASÉ CON MI EXMARIDO

LA AMANTE DE MI MARIDO EXIGIÓ QUE YO DESAPARECIERA DE MI PROPIA CASA… PERO NO SABÍA LO QUE HABÍA PREPARADO PARA NUESTRO DÉCIMO ANIVERSARIO
—No.

— ¿Cómo supiste que necesitaba un trabajador?

Lucas respiró hondo.

—El señor Carter llamó a varias personas buscando ayuda. Cuando me enteré de que estabas sola con una cosecha pendiente, me ofrecí.

—¿Por lástima?

—Por una deuda.

Fruncí el descubierto.

—No te conozco.

—No tienes por qué recordarlo.

Se levantó y recogió nuestros platos.

—Si algún día quieres escuchar la historia completa, te la contaré.

No insistí.

Necesitaba recoger el arroz antes de las lluvias.

Y Lucas trabajaba como tres hombres.

Eso era suficiente por el momento.

Los siguientes días fueron extraños.

Lucas se levantaba antes que yo, alimentaba las gallinas y preparaba agua caliente.

No sabía distinguir algunas variedades de semillas, pero aprendía deprisa.

Cuando se le formaron ampollas en las manos, se las vendó y siguió trabajando.

Una tarde empezó a llover mientras reconocíamos los últimos haces.

Corrimos hacia el granero empapados.

Yo resbalé en el barro.

Lucas me levantó en brazos antes de que pudiera protestar.

—¡Bájame! ¡Peso mucho!

—Pesas menos que uno de tus sacos de arroz.

—¡Eso no es un cumplido!

Se echó a reír.

Era una risa cálida, despreocupada.

No recordaba cuándo había oído reír así a alguien dentro de mi casa.

Aquella noche preparada sopa.

Estaba tan ensalada que tuve que beber tres vasos de agua.

Lucas probó una cucharada y quedó inmóvil.

—Creo que cometió un pequeño error.

Lo miré.

Y empecé a reírme.

Reí tanto que terminé llorando.

Lucas no hizo ninguna pregunta.

Solo colocó un vaso de agua a mi lado y esperó.

3. EL REGRESO DE ETHAN
Dos semanas después envié un paquete a la mansión Reed.

Contenía las verduras más tiernas del huerto y una nota.

Gracias por ayudarme a conseguir un hombre. Trabaja muchísimo.

La cosecha ha salido excelente.

Estamos pensando en casarnos. No hace falta que vengas. Puedes enviar un regalo de boda.

Escribí aquella última frase después de escuchar a las ancianas del pueblo.

No soportaron ver a Lucas viviendo en mi casa sin una relación formal.

La señora Baker, que llevaba años regalándome huevos cuando los vecinos me robaban gallinas, me había dicho:

—Si ese muchacho piensa quedarse, que lo diga claramente. No quiero que te vuelvan a dejar con el corazón roto.

Lucas escuchó el comentario y respondió muy serio:

—Cuando Lily quiera casarse, espero tener la oportunidad de pedírselo.

Me puse roja hasta las orejas.

Después me burlé de él para disimular.

Pero aquella noche no pude dormir.

La nota era una provocación, sí.

Aunque no tanto como pretendía.

Ethan apareció tres días después.

Llegó conduciendo un deportivo negro, cubierto de polvo por el camino de tierra.

Bajó del vehículo sin esperar a que se detuviera del todo.

-¡Lirio!

Yo estaba lavando zanahorias.

Levanté la mirada.

Llevaba un abrigo caro, zapatos impecables y un reloj cuyo precio probablemente superaba el valor de toda mi cosecha.

Parecía un completo desconocido.

—¿Qué ocurre?

Ethan me enseñó la nota.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que pone.

—¿Qué hombre?

Señalé hacia el granero.

Lucas salió en ese momento cargando un saco de alimento para los cerdos.

Llevaba una camiseta vieja y tenía una mancha de barro en la mejilla.

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Lucas?

Lucas depositó el saco en el suelo.

—Hola, Ethan.

Mi exmarido miró de uno a otro.

— ¿Qué demonios haces aquí?

—Trabajar.

—¡No me tomes el pelo!

Ethan se volvió hacia mí.

—Este es el hombre con el que piensas casarte?

—Todavía no hemos fijado la fecha —contesté.

Lucas carraspeó.

—Aunque yo estoy disponible cuando ella quiera.

Ethan presionó tanto la nota que el papel crujió.

—Lily, entra. Tenemos que hablar.

—Puedes hablar aquí.

—Es un asunto privado.

—Ya no estamos casados.

Su expresión se contrajo.

—No tienes que grabarmelo.

—Entonces no me des órdenes.

Durante unos segundos parecía incapaz de reconocerme.

Quizás esperaba encontrar a la muchacha que lo había perseguido descalza hasta el coche.

La que se había quedado mirando cómo se alejaba.

Pero esa muchacha tenía arroz que vender, animales que alimentar y una casa que mantener.

No podía permitirse esperar eternamente a alguien que no quería volver.

Ethan bajó la voz.

—¿Cuánto te paga Lucas?

Parpadée.

—¿Qué?

—Sé que tiene dinero. Si estás aquí para impresionarte, puedo ofrecerte mucho más.

Sentí una oleada de vergüenza.

—Lucas no me paga. Trabaja conmigo.

Ethan soltó una risa incrédula.

— ¿De verdad piensas que un hombre como él se quedará en un pueblo miserable?

Lucas dio un paso adelante.

—Ten cuidado con lo que dices.

—¡No te metas! —espetó Ethan—. Esto es entre mi esposa y yo.

—Exesposa —lo corregí.

Aquella palabra lo tocado más que una bofetada.

Ethan me miró largamente.

Después susurró:

—Lily, ¿de verdad has podido olvidarme tan rápido?

Me quedé sin palabras.

No porque quisiera volver con él.

Sino por la crueldad de aquella pregunta.

—Ethan —respondí al fin—, tú me olvidaste mientras todavía dormías a mi lado.

4. LA VERDAD SOBRE LUCAS
Esa noche no hablamos durante la cena.

Lucas dejó un pequeño plato de judías frente a mí.

—No voy a pedirte que me cuentes lo que sientes.

—Bien.

—Pero sí necesito decirte algo.

Levanté la cabeza.

Parecía nervioso por primera vez.

—No vine aquí por casualidad.

Dejé los palillos.

—Lo imaginaba.

Lucas sacó de su cartera una fotografía antigua.

En ella apareció una adolescente sonriente, sentada en una silla de ruedas junto a una mujer mayor.

Reconocí a la chica inmediatamente.

—¿Emily?

Lucas.

—Mi hermana.

Un recuerdo regresó con fuerza.

Cinco años antes, durante una tormenta, había encontrado un coche accidentado junto al puente viejo.

Dentro viajaban una joven y su abuela.

La carretera estaba inundada.

Recorrí casi cuatro kilómetros bajo la lluvia para buscar ayuda. Después pasó la noche en el hospital porque ninguno de los dos llevaba el teléfono encima.

La chica me había dado un pequeño colgante antes de despedirse.

Una estrella de plata.

Yo todavía lo guardaba en una caja.

—Emily me escribió durante meses —dije—. Luego dejé de recibir cartas.

—Nos mudamos al extranjero para continuar su rehabilitación. Algunas cartas regresaron porque cambió el servicio postal de la zona.

Lucas bajó la mirada.

—Mi hermana volvió a caminar. Nunca olvidó a la mujer que la sacó de aquel coche. Cuando supo que Ethan había estado viviendo contigo, quiso encontrarte.

—¿Y por qué no viniste antes?

—Te creíamos felizmente casada. No queríamos entrometernos.

Sentí que la garganta se me cerraba.

—Entonces, ¿el señor Carter te llamó…?

—Me dijo que Ethan se había divorciado y que necesitaba ayuda para la cosecha. Fui yo quien pidió venir.

—Y ¿qué eres exactamente? ¿También trabajas para la familia Reed?

Lucas negó.

—Soy ingeniero agrónomo. Dirijo una empresa de maquinaria y distribución agrícola. Mi familia también tiene inversiones en otras industrias.

Lo miré incrédula.

—¿Tienes una empresa?

—Varias, en realidad.

—Y llevas dos semanas limpiando un establecimiento?

—Tres. Y debo admitir que tus cerdos son clientes bastante exigentes.

No pude reír.

—¿Por qué me ocultaste todo eso?

Lucas tardó en contestar.

—Porque cuando abriste la puerta no me preguntaste cuánto dinero tenía. Me preguntaste si sabía trabajar.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Hace mucho que nadie me mira así.

Aparté la vista.

Había pasado tres años viviendo con un hombre cuya verdadera vida desconocía.

No quería repetir la misma historia.

—Lucas, si vas a quedarte, no vuelvas a esconderme algo importante.

Asintió sin discutir.

—Tienes mi palabra.

Y aquella vez decidí creerle.

No porque fuera rico.

Sino porque, al día siguiente, seguía levantándose antes del amanecer para alimentar a las gallinas.

5. EL PRECIO DE UNA COSECHA
El otoño avanzó.

Con la ayuda de Lucas habíamos recogido casi todo el arroz.

La cosecha era la mejor que recordaba.

Soñaba con venderla, reparar el tejado y comprar una pequeña máquina que me permitiera trabajar sin depender de nadie.

Pero cuando llegaron los compradores, ocurrió algo inesperado.

Nadie quiso pagar el precio habitual.

El señor Harris, el comerciante que llevaba años comprándome grano, evitó mirarme a los ojos.

—Lo siento, Lily. No puedo darte más.

—Pero el arroz está seco y es de buena calidad.

—No es por la calidad.

Bajó la voz.

—Nos han advertido que no hagamos negocios contigo.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

El comerciante no respondió.

No hizo falta.

Dos días después, Grace apareció en mi casa.

Bajó de un coche blanco con zapatos de tacón y un bolso que parecía demasiado delicado para aquel camino.

Contempló los campos con evidente disgusto.

—Así que aquí pasó Ethan tres años.

Yo sigo clasificando verduras.

—¿Necesitas algo?

Grace se acercó.

—Te voy a dar un consejo. Deja de utilizar a Lucas para provocar a Ethan.

—No estoy utilizando a nadie.

—Crees que no sé quién es Lucas Stone? Su familia tiene más influencia de la que imagina. Un hombre así jamás se casaría con una campesina.

Clavé los ojos en ella.

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

Grace sonrió con frialdad.

—Ethan está inquieto por tu culpa. Y eso me molesta.

—Tu prometido es problema tuyo.

Su sonrisa desapareció.

—Ten cuidado, Lily. Hay muchas maneras de conseguir que una granja deje de ser rentable.

Después se marchó.

Aquella noche comprendí que los compradores no habían cambiado de opinión por casualidad.

Se lo conté a Lucas.

Él escuchó sin interrumpirme.

—Puedo conseguir clientes —dijo.

Negué con la cabeza.

—No quiero que comprimir mi cosecha por lástima.

—No estoy hablando de lástima. Estoy hablando de venderla a su precio real.

Sacó una libreta.

— ¿Sabes cuánto pagan los restaurantes de la ciudad por arroz de esta calidad?

-No.

—Bastante más de lo que te han ofrecido aquí.

Pasamos los siguientes días tomando muestras, pesando sacos y calculando costos.

Lucas contactó con una cooperativa regional. Los compradores inspeccionaron el grano y ofrecieron un precio justo.

Pero surgió otro problema.

Necesitábamos un camión para llevarlo al almacén.

Y el único transportista del pueblo canceló el servicio la noche anterior.

—Lo han amenazado —dije.

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