PARTE 1
—El perro se va con nosotros. Usted busque otra forma de salir, don Héctor.
Mi nuera Valeria lo dijo a las 3:52 de la madrugada, mientras Protección Civil ordenaba evacuar nuestra colonia por una creciente repentina del arroyo que bajaba de la sierra hacia Puerto Vallarta.
Llovía como si alguien hubiera abierto el cielo.
La camioneta de mi hijo Mauricio estaba llena: maletas, computadoras del negocio de Valeria, cajas con documentos y equipo que ella había decidido salvar antes que cualquier otra cosa. Quedaba un solo lugar.
Y Valeria lo adquirió con Bruno, su labrador de veinticinco kilos.
—Puede ir sobre mis piernas —propuse—. Yo sostengo al perro.
—Está aterrorizado. Podría lastimarlo.
Miré a Mauricio.
Mi único hijo evitó mis ojos.
—Papá, tú conoces la subida al cerro mejor que nadie. La capilla está a menos de dos kilómetros. Seguro encuentras a algún vecino.
—Me estás diciendo que me quede aquí?
Entonces sí me miró.
Solo unos segundos.
—Busca otra forma de salir, papá.
Subió a la camioneta y arrancó.
Las luces traseras desaparecieron bajo la lluvia mientras el agua ya me cubría los tobillos.
Tenía sesenta y ocho años.
Había enterrado a Elena, mi esposa, cinco años antes. Había construido con mis manos la casa donde Mauricio creció, el taller donde aprendió a usar una lija y hasta buena parte de los muebles que Valeria vendía en su exclusivo showroom del malecón.
Pero aquella madrugada entendió exactamente cuánto espacio ocupaba yo en sus vidas.
Menos que un perro.
Tomé una bolsa con medicinas y documentos y comencé a subir.
Llegué empapado al refugio instalado junto a una iglesia. Teresa, una vecina jubilada que había trabajado como enfermera, me vio entrar y se quedó inmóvil.
—Vi saliendo la camioneta de Mauricio —susurró—. Pensé que usted venía dentro.
No respondí.
Conecte mi teléfono, que se había quedado sin batería durante la caminata.
Cuando descendió, apareció un número que me hizo fruncir el ceño:
93 llamadas perdidas.
Setenta y cinco de Valeria.
Dieciocho de Mauricio.
Lo extraño era que ninguna había sido hecha durante la primera hora y media después de abandonarme.
Empezaron mucho después.
Abrí los mensajes.
Valeria había enviado una vez.
Mauricio, cuatro.
Leí el último tres veces.
“Papá, por favor diez centavos que NO te subiste a la camioneta de Raúl.”
No preguntaba si estaba vivo.
No preguntaba dónde estaba.
No decía que regresaría por mí.
Solo quería saber si había subido a la camioneta de Raúl Mendoza.
Raúl era amigo mío desde hacía cuarenta años y trabajaba inspeccionando obras y zonas de riesgo para el municipio.
A las 7:15 entró al refugio cubierto de lodo.
Se sentó frente a mí.
—Mauricio me llamó tres veces esta mañana preguntando si te había recogido.
—¿Por qué le importa tanto?
Raúl sacó una carpeta impermeable y extendió un plano.
Señaló una franja junto al arroyo.
—Aquí están levantando una construcción comercial dentro de una zona marcada como inundable. Presentaron el proyecto como una pequeña ampliación para evitar revisiones mayores.
Luego colocó frente a mí una copia del consentimiento del propietario.
Al final aparecía mi nombre.
Y mi firma.
Sentí que el ruido del refugio desaparecía.
—Yo jamás firmé esto.
Raúl sostiene mi mirada.
—Lo sé, Héctor.
Entonces entendí por qué mi hijo había realizado noventa y tres llamadas.
Mauricio no había tenido miedo de que su padre muriera en la inundación.
Había tenido miedo de que su padre sobreviviera… y hablara con el hombre equivocado.
Y todavía faltaba descubrir quién había usado mi nombre.
No podía creer lo que estaba a punto de encontrar en mi propio taller…
