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Durante tres meses, mi vida en el dormitorio principal se convirtió en un tormento insoportable. Cada noche, al acostarme, un tufo penetrante, dulce y fétido emergía exclusivamente del lado de la cama donde dormía mi esposo, Marcos. El olor era una mezcla repugnante de humedad añeja y descomposición que me causaba náuseas constantes. Dormitorio

Cada vez que sacaba el tema, Marcos reaccionaba con irritación y esquivez.

—Es la tubería del baño, Laura —repetía molesto—. O tal vez la humedad del suelo. Deja de ser tan paranoica y quisquillosa.

Sin embargo, cambié las sábanas diez veces, lavé el edredón con productos industriales y ventilé la habitación durante semanas, pero el hedor no desaparecía; al contrario, se intensificaba cada medianoche. Lo más extraño era que Marcos se negaba categóricamente a cambiar el colchón o a dejar que la empleada de limpieza tocara su lado de la cama. Ropade cama

La paciencia se me agotó un jueves por la tarde, cuando Marcos salió a un viaje de negocios de tres días.

Decidida a encontrar la fuente del problema, retiré todas las cobijas y las sábanas protectoras. La superficie del colchón parecía intacta a simple vista, pero al agacharme a la altura de la base, noté que la costura inferior del borde derecho tenía un corte fino vuelto a coser de forma burda con hilo negro.

Con manos temblorosas, tomé un bisturí de mi botiquín y rasgué la costura lateral.

Al abrir la estructura de espuma, el olor a podrido brotó con tal intensidad que tuve que retroceder ahogándome. Con una linterna y guantes de plástico, metí la mano en la cavidad abierta de la espuma.

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