Su piel era casi transparente bajo el sol abrasador, y sus ojos claros parecían poco comunes e incluso aterradores para quienes en 1876 nunca habían visto a una persona con albinismo.
Eso bastó para que la gente empezara a evitar a la niña. En la plaza hablaban de ella en susurros, como de un mal presagio.
Unos la consideraban anunciadora de desgracias, otros una vergüenza de la que era mejor no hablar en voz alta. Las mujeres se santiguaban cuando ella pasaba. Los niños repetían crueles rumores sin entender su significado.
Y su padre, Joaquín, miraba a su hija
