Parte 1
Después del terremoto, llegué con mi hija de cuatro años en brazos, buscando refugio en la casa de mis padres. Entonces mi madre dijo, sin siquiera parpadear:
—Tú puedes entrar. La niña no. No hay espacio para ella.
Mi corazón se rompió al ver que los hijos de mi hermana tenían cada uno su propio dormitorio… e incluso una sala de juegos. No derramé ni una lágrima. Solo susurré:
—Lo recordaré.
Tres días después, ellos suplicaban mi perdón… pero para entonces, nada podía cambiarse.
Me llamo Lucía Ortega. Tengo treinta y dos años y nunca imaginé que un terremoto me enseñaría, en una sola noche, quién era realmente mi familia.
El suelo comenzó a temblar al amanecer con una violencia que me dejó sin aliento. Los vasos cayeron de los estantes, las ventanas crujían y mi hija Valeria despertó gritando mi nombre. La abracé con fuerza, le eché una chaqueta sobre el pijama y bajé corriendo las escaleras del edificio junto a vecinos medio dormidos y aterrados. Afuera había polvo por todas partes, sirenas y teléfonos sin señal.