Desperté rapada en nuestro aniversario y encontré una nota de mi marido: “Ahora sí das pena”. Él esperaba que esa misma tarde yo le entregara 18 millones, pero yo solo llamé a la abogada y dije: “No transfieras un peso”. Creí que esa sería toda mi respuesta, hasta que descubrí por qué llevaba semanas gastando dinero en una casa que nunca me había mencionado.

PARTE 1

—Ahora sí te ves tan ridícula como siempre has sido.

Esas fueron las palabras que encontré escritas en una hoja sobre mi almohada la mañana de nuestro décimo aniversario de bodas.

Pero la nota no fue lo primero que me hizo temblar.

Lo primero fue pasarme la mano por la cabeza y descubrir que mi cabello ya no estaba.

Me llamo Mariana Salgado, tengo cuarenta y un años y, durante diez años, estuve casada con Arturo Mendoza, un hombre que jamás necesitó gritarme para hacerme sentir pequeña.

Arturo era especialista en disfrazar la crueldad de broma.

Si estrenaba un vestido decía:

—Está… interesante. Hay que tener mucha seguridad para ponerse algo así.

Si preparaba una cena especial preguntaba cuánto habíamos gastado, como si cocinar para él fuera un capricho absurdo.

Y cuando yo proponía algo sobre nuestras finanzas, viajes o la casa, sonreía con paciencia y respondía:

—Tú te preocupas demasiado, Mariana. Déjame esas cosas a mí.

Vivíamos en una casa cómoda en Ciudad Satélite. Desde afuera parecíamos una pareja estable: jardín impecable, reuniones familiares, fotografías sonrientes cada Navidad.

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